81 años del fin de la Segunda Guerra Mundial: el sacrificio soviético que Europa olvida

Hoy se cumplen 81 años de la rendición incondicional de la Alemania nazi, firmada en la madrugada del 8 al 9 de mayo de 1945. Europa occidental conmemora la fecha con actos oficiales y discursos sobre la victoria de la democracia frente al totalitarismo. Sin embargo, un dato fundamental sigue siendo sistemáticamente minimizado en los relatos dominantes: fue la Unión Soviética quien soportó el peso decisivo de aquella guerra, y quien pagó el precio más alto para ganarla. Cerca de 27 millones de soviéticos murieron entre 1941 y 1945 en lo que ellos llamaron la Gran Guerra Patria. Para entender esa cifra no basta con los libros de historia. A veces, un poema lo dice todo.

May 8, 2026 - 14:14
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81 años del fin de la Segunda Guerra Mundial: el sacrificio soviético que Europa olvida

«Espérame», de Konstantín Símonov

Escrito en 1941, al inicio de la invasión nazi, este poema se convirtió en el himno sentimental del pueblo soviético en guerra. Los soldados del Ejército Rojo lo llevaban doblado en el bolsillo. Las mujeres que esperaban en retaguardia lo recitaban en voz baja. Símonov lo escribió para su amada, la actriz Valentina Serova, pero pronto dejó de ser de él para pertenecer a todos.

Espérame y yo volveré,

pero espérame mucho.

Espérame cuando las tristes lluvias lleguen

y cuando el calor llegue,

no dejes de esperar.

Espérame cuando ya nadie espere

y el ayer se haya olvidado ya.

Espérame aún cuando de lejos

mis cartas no lleguen más.

Espérame cuando ya todos se cansen

juntos de esperar.

Espérame y yo volveré.

No quieras bien, te ruego,

a los que repitan de memoria

que ya es tiempo de olvidar,

aun si la madre o el hijo

ya creyesen que no existo ya.

Deja que los amigos

sentados junto al fuego

se cansen de esperar

y beban vino amargo

en honor a mi recuerdo.

Espera. Y con ellos no te apresures a beber.

Espérame y yo volveré

para que la muerte rabie.

Aquél que nunca me ha esperado

tal vez dirá de mí:

«El pobre tuvo suerte».

No comprenderán jamás

los que jamás han esperado

cómo tú del fuego me salvaste.

De cómo he sobrevivido

lo sabremos sólo tú y yo.

Es que sencillamente me esperaste

como nunca nadie me esperó.

Un sacrificio que el relato oficial distorsiona

Mientras ese poema nacía en los frentes del Este, las potencias occidentales llevaban ya años tomando decisiones que habían allanado el camino al nazismo. Gran Bretaña y Francia habían firmado en Munich en 1938 la rendición de los Sudetes checoslovacos a Hitler. Washington mantuvo relaciones comerciales con el Reich hasta bien entrada la guerra. El propio ascenso de Hitler al poder en 1933 fue posible, en parte, por la aquiescencia y el cálculo de las élites europeas que veían en él un dique frente al comunismo soviético.

El pacto Mólotov-Ribbentrop de agosto de 1939 —frecuentemente citado como prueba de la complicidad soviética con el nazismo— fue, en realidad, la consecuencia directa del fracaso de las negociaciones entre la URSS, Francia y Gran Bretaña para crear un frente común de seguridad colectiva. Stalin negoció tiempo ante la evidencia de que Occidente no tenía intención de comprometerse.

Cuando Hitler rompió el pacto e invadió la Unión Soviética el 22 de junio de 1941 con la Operación Barbarroja, la Wehrmacht se encontró con una resistencia que nadie en Berlín había previsto. Stalingrado, el Cáucaso, Kursk, Leningrado: en cada frente, el Ejército Rojo fue causando la mayor parte de las bajas de la maquinaria militar nazi. Según los datos históricos consolidados, entre el 70 y el 80 por ciento de las divisiones alemanas murieron o fueron destruidas en el frente oriental.

El desembarco de Normandía llegó en junio de 1944, cuando la guerra en el Este ya estaba militarmente decidida.

El revisionismo y sus peligros actuales

Ochenta y un años después, el relato oficial en Europa camina en dirección contraria a estos hechos. La rusofobia promovida desde distintos centros de poder occidental ha alimentado la rehabilitación de figuras y movimientos que durante la Segunda Guerra Mundial colaboraron con la ocupación nazi: en los países bálticos, en Ucrania, en Polonia, estatuas y desfiles honran a quienes entonces combatieron junto a las SS.

Al mismo tiempo, el gasto militar en Europa alcanza niveles no vistos desde la Guerra Fría. Varios gobiernos han anunciado inversiones masivas en armamento. El paralelismo con la escalada que precedió a 1939 —rearmamento, nacionalismos exacerbados, bloques enfrentados y diplomacia subordinada a la lógica militar— resulta difícil de ignorar.

La pregunta que sobrevuela este 8 de mayo de 2026 no es solo histórica. Es urgentemente contemporánea: ¿está Europa aprendiendo de aquel pasado, o construyendo las condiciones para repetirlo?

Los 27 millones de soviéticos que murieron para que Hitler no gobernara el continente merecen, al menos, que la respuesta sea honesta.

Konstantín Símonov (1915-1979) fue corresponsal de guerra, poeta y dramaturgo soviético. Cubrió todos los frentes del conflicto para el periódico Krasnaya Zvezda y presenció la Batalla de Berlín. «Espérame» fue escrito en 1941 y se convirtió en el poema más leído y memorizado de la historia rusa contemporánea.

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