Stalingrado (1993), de Joseph Vilsmaier: la batalla más sangrienta de la historia tiene una película que es una obra maestra

En 1993, un director alemán recogió un guion que Sergio Leone se llevó a la tumba y filmó Stalingrado: 130 minutos de guerra sin héroes, sin villanos entre la tropa y sin un solo minuto de gloria. Una joya antibélica que no tuvo éxito comercial y que hoy, tres décadas después, sigue siendo un golpe en el estómago.

Oct 3, 2026 - 22:10
Oct 3, 2026 - 22:10
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Stalingrado (1993), de Joseph Vilsmaier: la batalla más sangrienta de la historia tiene una película que es una obra maestra

La batalla de Stalingrado, en 1942, dejó más de dos millones de muertos entre militares y civiles de ambos bandos. Es la ofensiva más sangrienta que se haya registrado en la historia y, sin embargo, el cine que más consumimos sobre la Segunda Guerra Mundial casi nunca se detiene en el frente oriental. Se queda con Normandía, con el Pacífico, con los marines norteamericanos. El este europeo queda relegado, como si ahí no se hubiera decidido buena parte del conflicto. Por eso conviene hablar de Stalingrado, la película que el director alemán Joseph Vilsmaier estrenó en 1993, una coproducción entre Alemania y Suecia que no funcionó en taquilla y que, treinta años después, sigue siendo una de las obras antibélicas más potentes que se hayan filmado.

La película sigue a un grupo de soldados alemanes que llegan al cerco de Stalingrado después de unos días de descanso en Italia. Vienen del sol y del vino y caen de lleno en el invierno ruso, en el hambre, en la muerte. Vilsmaier no suaviza el contraste. Te mete con ellos en la trinchera helada y no te deja salir hasta el final, en un metraje de 130 minutos que no tiene un solo instante de glorificación. Lo que se ve es guerra en estado puro: miedo, frío, cuerpos que se congelan, muchachos de veinte años que lloran y piden volver a su casa.

Lo interesante es que el enemigo, en esta película, no es el ruso. El enemigo está adentro del propio ejército alemán, en los mandos militares y políticos que mandan a la tropa a morir por orgullo, por fanatismo, por órdenes que no tienen ningún sentido táctico. Vilsmaier separa con mucha claridad al soldado que obedece del oficial que decide, al que sufre del que firma la sentencia. Y eso, en un género donde el alemán suele ser el villano plano de turno, resulta casi una rareza. Acá no hay nazis de caricatura. Hay personas comunes atrapadas en una maquinaria que no eligieron, un planteo que conecta con aquello que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal y que Margarethe von Trotta llevó al cine en 2013: el horror no siempre lo ejecutan monstruos, a veces lo ejecutan tipos que simplemente acatan.

El proyecto tiene una historia particular. Iba a dirigirlo Sergio Leone en 1989, pero murió antes de concretarlo y el guion quedó en el aire. Vilsmaier lo retomó en 1992 y le cambió el enfoque. Donde probablemente Leone habría hecho una épica de naciones enfrentadas, el alemán optó por un relato más íntimo, de jerarquías internas, de violencia que viene de arriba hacia abajo. El guion, escrito por Johannes Heide, Jürgen Büsche y el propio Vilsmaier, sostiene esa decisión con solidez. La fotografía, también de Vilsmaier, y la música de Norbert J. Schneider completan una ambientación que mete al espectador en el frío sin necesidad de efectos grandilocuentes.

El elenco es coral y parejo. Dominique Horwitz, Thomas Kretschmann, Jochen Nickel, Dana Vavrova, Martin Benrath y Sebastian Rudolph interpretan a esos soldados con una contención que a veces puede parecer frialdad, pero que en realidad funciona como parte del tono general. Ninguno se destaca por encima del resto porque la película no quiere héroes individuales. Quiere mostrar un colectivo que se desmorona.

Las escenas finales, con la retirada de los soldados alemanes al borde de la congelación, son de una dureza difícil de describir. No hay música épica ni discurso de cierre. Hay silencio, nieve y cuerpos que apenas se mueven. Te dejan un rato largo mirando la pantalla en negro después de los créditos.

Stalingrado está en la misma línea de Senderos de gloria de Kubrick o Apocalypse Now de Coppola: cine que dice, sin vueltas, que la guerra es una barbarie y que quienes la pagan son siempre los de abajo. No es una película cómoda ni entretenida en el sentido liviano del término. Es un documento contra la barbarie, filmado con una honestidad que no abunda. Y el hecho de que haya pasado casi inadvertida, de que no tenga el respaldo de un gran estudio ni el apellido anglosajón que suele garantizar circulación, la vuelve más recomendable todavía. Vale la pena buscarla y dedicarle la atención que merece.

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